Cae el Telón – Parte 1

Me encontraba tranquilo y sin nada que hacer aquel sábado en el que el viento enfriaba los pórticos y los vidrios de las ventanas. Dentro hacía calor, y esa reconfortante calidez me produjo ganas de jugar videojuegos y tomar algo.

«No es mala combinación, jefe», me dije.

Opté por ir al refrigerador y tomar una bebida en cuya etiqueta se leía “SKY BORN IN SAN FRANCISCO, 14% alcohol”. Luego, fui hacia el escritorio y encendí la computadora; sus luces parpadearon como un monstruo que despierta, hasta que finalmente se quedaron fijas, con los ventiladores girando en el sentido de las manecillas del reloj.

Tomé el control blanco para jugar cómodamente y navegué por la biblioteca digital hasta seleccionar uno de futbol. Di un sorbo a la bebida mientras iniciaba. La pantalla de carga, negra por un instante, me devolvió mi propio reflejo. Me veía un poco mal, pues no había hecho mucho durante el día, pero incluso viéndome así, no estaba tan mal como cuando…

—Como cuando terminé con mi novia —completé la oración, secamente.

Tuve que frenar mi mente para no comenzar a escarbar de nuevo en esos recuerdos que ya había dejado de lado. Volví al juego. El primer partido lo jugué contra la máquina porque necesitaba acoplarme; tenía que desempolvar mis viejas habilidades.

Empezaba a recordar por qué me gustaba tanto aquel juego. Tenía meses sin tocarlo. La emoción que me causaba me hacía encontrarme maldiciendo al árbitro por marcar falta donde no la había, por las tarjetas amarillas que me sacaba después de barrerme bruscamente a los delanteros, y por los goles anulados por fuera de lugar.

Las camisetas de mis jugadores me causaban un furor enorme, eran tan bellas y elegantes; en sus escudos se leía “París”. Cuando anoté el primer gol grité «¡SÍ!» y di un jalón con mi codo derecho… y otra vez pensé en ella. Anoté otro y fue imposible ignorar que esas celebraciones eran muy nuestras. Me quedé mudo por unos segundos: la emoción se borró de mi rostro, mi sonrisa se convirtió en una mueca de desconcierto y mis ojos se perdieron en el vacío.

No solo retomaba mis habilidades, también mis recuerdos.

Traté de ejecutar los ejercicios que aprendí en terapia; necesitaba relajarme y evitar que aquello reviviera y saliera de su tumba. Pero mi morbo por recordar fue más grande y me tomé un respiro para poder pensar. Organicé mis ideas, pero una me llevaba a otra, y luego a otra, hasta que recordé los días en que juraba que moriría de amor. Recordaba la sensación desesperante de no encontrar forma alguna de hablarle; el asco que me producía pensar que estuviera con alguien más. Y esto me llevó a darme cuenta de que el sentimiento ya no era el mismo: era algo incómodo, sí, pero para nada similar a aquel dolor original.

El árbitro dio el silbatazo final, pero lo escuché muy a lo lejos, pues en mi mente se empezaba a formar el recuerdo de la noche en que más sufrí y, a la vez, la que me rescató.

I. EL AUTO APARCADO

Esa vez regresaba tarde a casa —comencé a recordar— y esperaba ver su auto afuera de mi porche, puntualmente a las ocho o nueve. Regresaba muy cansado, casi arrastrando los pies, y las banquetas irregulares, agrietadas y abultadas como un volcán, hacían que tropezara. Regresaba cabizbajo del trabajo, con el mismo reloj que me había regalado mi papá al cumplir dieciocho; tal vez incluso con el mismo sentimiento que tenía él a los cincuenta y tantos respecto a la vida.

A unos treinta metros de mi casa, levanté la mirada y vi su auto estacionado.

¡El maldito automóvil plateado estaba aparcado frente a mi barandal!

Dentro de mí comenzaron a encenderse todas las luces. De pronto, mi corazón se levantó de un brinco y encendió su lugar y los lugares circundantes, alumbrando los pulmones con una luz blanca y amarillenta a la vez (aquello también se estaba desempolvando). Después, con entusiasmo, jaló la cadena que viajaba por mi garganta, aferrándose a mi mandíbula: cerré la boca de golpe y luego se abrió por completo cuando la soltó. Quedé boquiabierto, sin creer que aquello fuera real.

Mi corazón latía fuerte, y su estridente retumbar provocó que mi cuerpo vibrara en cada latido, permitiendo que más órganos despertaran y encendieran sus luces.

El estómago hizo brotar mariposas que subían hasta mi garganta en un reflujo; parecían emigrar como en otoño. Mi mente se inundó con los colores de aquellos hermosos seres voladores: azules, morados y naranjas —esos fueron los que alcancé a distinguir—. Mi cerebro, esa masa rosada y gelatinosa, despertaba desde la parte posterior hacia la frontal, asemejando su recorrido al de un laberinto. La luz avanzaba pasillo tras pasillo y cada vez se iluminaba con más y más fuerza; sentí que avanzaba tan rápido que no tenía control alguno y se descargaría, deliberadamente, en la primera salida que encontrara. Como electricidad buscando tierra, aterrizó en mis globos oculares; y la oscuridad en mis ojos y la mirada triste que cargaba, de repente, abrieron paso a los rayos que provenían de lo más íntimo de mi ser al ver aquel auto plateado aparcado frente a mi barandal.

Pero la electricidad no circulaba por sus faros ni por sus interiores, ni tampoco salían despedidos los gases de combustión a través del tubo de escape. El auto estaba apagado.

Después de tantos días, por fin viniste a verme —dije entonces, rompiendo el silencio de la noche, mientras aumentaba mi inquietud y la sangre corría por mis mejillas, tornándolas rosadas.

Caminé más rápido y al llegar me aproximé a la ventana del carro, me recargué sobre ella y miré hacia el interior. Aprecié el tablero y el volante, luego los asientos, y me fue imposible creer que aquel lugar se sintiera tan lejano. El asiento de copiloto —donde iría yo— se encontraba vacío, y el de ella aún guardaba su silueta marcada en la piel. Imaginé que, si mis manos se posaran sobre esos asientos, sería absorbido y transportado a múltiples recuerdos.

¿Acaso me habría visto junto a ella en esas pláticas cuando me acompañaba a casa si hubiera tocado los asientos? ¿O será que habríamos vuelto a ser cómplices, escondiéndonos del mundo en su auto, recostándonos en los asientos?

No lo quise averiguar y aparté mi rostro de la ventana.

Di media vuelta —dejando atrás el auto en el que seguía presente su aroma— y, al encaminarme hacia la entrada de la casa, imaginé que los árboles a mis laterales se marchitaban como gritando: «¡NO ENTRES AHÍ, pero no los escuché. Sus verdes tallos desaparecían y las hojas caían e inundaban el suelo con colores amarillentos. Sus troncos se torcían y quedaban envejecidos, resecos y desgastados en una pose macabra, tratando de evitar a toda costa que yo entrara.

Abrí la primera puerta.

El metal anunció mi llegada. Luego caminé por el patio, repasando en mi mente las actividades que ya no realizaba desde su partida. Pasé a un lado de las mecedoras, de las plantas de mamá y luego del balón que compré para consolarme, supliendo al que alguna vez compré con ella.

—¡Uuuuh! —resonó en mi cabeza aquella exclamación que solíamos hacer cuando el balón rozaba el travesaño.

Recuerdo que todo lo que me había causado cientos de lágrimas en aquel momento ya no importaba. Mi corazón roto se había reconstruido en ese instante; era como ir ensamblando una pieza de acero, parte por parte. Mi ilusión centelleaba y creí que no volvería a derramar más lágrimas en el trabajo, que tampoco se precipitarían al borde de mis ojos en el transporte público, ni mucho menos frente a mi terapeuta, a quien tanto le hablaba de ella.

Quién sabe si habría sido capaz de retener esas lágrimas, pero lo que importaba esa noche era que ella estaba ahí.

II. EL FANTASMA

Abrí la segunda puerta, la misma que crucé con ella tantas veces.

—¡Regresaste! Te estaba esperando —dijo, cuando aún no terminaba de empujarla por completo.

Me quedé pasmado al verla sentada nuevamente en el comedor. Lo primero que noté fue su radiante cabello; deseaba tanto que provocara sus famosos oleajes al mover el cuello.

Sus mejillas se tensaron hacia arriba, haciendo que los labios dibujaran una sonrisa y mostraran los dientes y las encías, mientras que sus ojos juguetones me buscaban la mirada, enchinándose de felicidad. Sentí un estremecimiento que paralizó mi corazón por un segundo, y luego el escalofrío subió desde mis talones y terminó sacudiéndome los hombros.

Entonces, arrastró hacia atrás la silla con delicadeza, evitando cualquier torpeza, y una vez de pie extendió ambos brazos hacia mí, esperando que avanzara en su dirección. Sus dedos se recogían para formar dos puños y luego se abrían de nuevo como una mariposa —podría decir que aleteaban, pero sería más exacto decir que parpadeaban—.

Fue ahí cuando reaccioné de la forma que esperaba: mi cuerpo, encendido, corrió hacia ella. Me desprendí del cargamento que llevaba en el hombro, dejando la mochila, el termo y mis libros tirados frente al televisor. Todo quedó en el suelo mientras me aproximaba a ella, también con los brazos extendidos.

Recuerdo haber visto de cerca sus ojos cafés: brillaban para mí y yo me reflejaba en ellos. Al sentirla cerca, cerré los ojos y pasé mis brazos alrededor de su cuello, dispuesto a envolverla como una serpiente y apretarla con la fuerza de mi alma, pero mis manos chocaron entre sí con brusquedad.

Su cuerpo ya no se encontraba allí.

Me miré las manos, extrañado y desconcertado, y seguidamente escuché su risa en el pasillo que daba hacia mi cuarto.

—¡Qué tonto! —exclamé entonces—. No estabas en el comedor, era obvio que irías directo a buscar a mis gatos. A quienes me pediste cuidar, la última vez que nos vimos, mientras ahogabas las lágrimas y el llanto detrás de una seriedad profunda.

Retomé la sonrisa y mis mejillas se ruborizaron nuevamente. Emprendí la marcha doblando hacia la izquierda, apresurándome por el corredor, yendo tras de ella dispuesto a encontrarla. No había nada que me recobrara el ánimo por esos días, excepto las melodías que procedían de su boca, por lo que deseaba alcanzarla y escucharla hablar.

«Nsst, nsst, nsst, nsst», chisté con los dientes porque ese sonido le gustaba; creí que si lo escuchaba volvería sobre sus pasos.

Al final del pasillo, la puerta de mi habitación estaba entreabierta y, a través de la rendija, deslumbraba la luz que provenía del interior. Tuve que entornar los ojos mientras me aproximaba, dando largos pasos y con el corazón acelerado. Mi mente no daba crédito a lo rápido que bombeaba; parecía que todo mi entorno se movía en cámara lenta, pero los latidos no.

Me entusiasmaba la idea de que estuviera acariciando a mis gatos, que les demostrara lo mucho que los había extrañado; por esto mismo, los segundos pasaron lentos.

Cuando me acerqué un poco más y quedé bajo el marco de la puerta, me pregunté si el mundo se detendría de nuevo. La cerré tras de mí dando un portazo cuyo eco retumbó por las paredes de forma alegre y violenta; y, al cerrarla como un libro, la magia se esfumó y quedé a oscuras, sintiendo las partículas de luz desvaneciéndose ante mí. En el aire. Frente a mi cara, que aún sostenía la sonrisa.

Mi ceño se frunció en un gesto de total desconcierto. Sentí que una ola gigantesca de llanto subía hasta mis ojos, queriendo escapar, pero me contuve con la esperanza de encontrarla en el patio trasero. Lo descarté de inmediato después de mirarlo a través de la ventana. También repasé mi armario que se encontraba al lado contrario, pero tampoco estaba allí. Y mi cama seguía tendida, con las almohadas apiladas como suelo dejarlas al salir por las mañanas desde que me aprendí eso de ella.

Mis gatos me miraron con profunda tristeza, en lugar de estar alegres por mi llegada.

Fue ahí cuando no pude evitar el torrencial llanto: llevé las manos a la cara y dejé que el cuerpo cayera sobre mis rodillas. Me desvanecí hasta que la frente rozó los mosaicos fríos del suelo. Me encontraba encorvado, gimiendo y sollozando, mientras mis gatos se frotaban contra mis extremidades, tratando de encender nuevamente la luz de mis entrañas. Emitían sonidos guturales, vibrando desde su laringe, pero yo berreaba desconsolado por no tenerla.

«Falsa alarma, señores», imaginé que mi corazón decía, comunicándose con los demás órganos con un megáfono rojo de franjas blancas.

«Un día más, un día menos», habría agregado, anunciando otro día gastado en ilusiones que se quebraban al entrar en la habitación. «Vamos a dormir, chicos, ¡mañana hay que despertarlo temprano.

Sentí como si todos apagaron su luz; todos se iban a dormir, tratando de alcanzar sus altas camas con sus diminutas piernas, dando brincos hasta treparse en ellas. El silencio que despedía mi cuerpo se mezclaba con la penumbra que albergaba la habitación, esa misma que hasta hace unos instantes brillaba como la luz del sol.

—Tu fantasma regresó —fue lo poco que articulé.

Todo lo demás fue llanto.

La posición en la que me encontraba me hizo sentir expuesto: mi rostro estaba empapado y desfigurado por la crudeza del momento; mis ojos se hinchaban y se coloreaban rojizos de tanto dolor; mi espalda, arqueada, remarcaba mi columna vertebral en picos. Y, para rematar, la luz de la luna entraba por la ventana, remarcando mi existencia con un círculo de luz en el suelo. Era como una obra de teatro en donde yo era un actor y mis gatos el público que se encontraba en el recinto; me observaban en silencio, contemplando mi locura y mi dolor. Los surcos que se marcaban en mis mejillas les erizaban el pelaje y, a la vez, los conmovían. Lo sabía porque lo sentía en sus pesadas miradas de felino.

III. TU CARTA

Los sollozos que comenzaron después de que mi garganta no soportó más los nudos que se formaban en ella, me preocuparon; no quería que nadie se enterara de mi pena. Escuchaba los pasos afuera de mi cuarto: era mi familia, y casi rezaba para que no entraran. Por momentos me faltaba el aire, debido a la dificultad para respirar provocada por la posición en la que me encontraba.

«Un día vendrás a buscarme», pensaba, y mis lamentos se incrementaban.

Di otro sorbo a la bebida y recordé que el cansancio de aquella noche había llegado a tal punto en el que ya no distinguía la realidad de la fantasía: me encontraba en el suelo, dedicando todas mis fuerzas para que mi cuerpo dejara de temblar.

«Pero ¿qué vino después?», —me pregunté frente a la pantalla.

—¡La carta! —recordé de nuevo, dando un chasquido con los dedos.

Fue su carta la que vino a mi conciencia y que claramente escuché recitar con la suavidad de su voz, muy cerca de mi oreja. Al escuchar la primera oración, «Te conocí un día cualquiera», mis pensamientos automáticos frenaron y me permitieron un descenso momentáneo del llanto.

—Cuánta verdad tenía ahí —dije, dando otro trago.

No había nada diferente ni algo rescatable aquel día en que la conocí; nada que me resultara fuera de la rutina aquella tarde. Mis emociones no cambiaron ni se tornaron intensas hasta que el crepúsculo amenazó al día.

Aquel viernes me sentía lo suficientemente inspirado para emprender una caminata, pero la lluvia había dejado las calles llenas de charcos. Temiendo la salpicadura de algún automóvil, decidí tomar el transporte, y fue en la fila donde la conocí.

Su completa atención la tenía su teléfono, por lo que pensé en no molestarla; pero no haberlo hecho me habría carcomido por dentro cada segundo que pasara a su lado en silencio. También imaginé que el atrevimiento de hablarle podría verse frustrado si estuviera conversando con su novio: si hubiera recibido una llamada, me habría confirmado aquello que casi aseguraba. No permití que esos pensamientos tomaran el control de mi cuerpo y, pocos segundos después, me encontraba adulando su belleza.

Por lo tanto, me pareció muy acertada su primera afirmación: ese treinta de mayo había sido un día cualquiera, hasta que nos encontramos.

Fue algo espontáneo, inesperado y muy encantador —continuó la voz en mi recuerdo, y sus palabras recorrían mi piel, erizándola poco a poco.

Sus oraciones se asemejaban a las mías en los versos que le escribí, y eso me hizo pensar algo más esa noche de lamentos. Algo que no podía describir y que ciertamente no podía ni pensar, pues la cabeza no me daba para razonar la más mínima cosa. Pero, a la vez, era tan claro. Hice mil esfuerzos para tratar de descifrarlo.

«Tenía la palabra manipular; no —pensaba—. Rimaba con irrevocable o inamovible; no. ¿Qué era?».

Dejé de darle vueltas y me enfoqué en sus palabras, que eran tan puras, intensas y honestas.

Se sintió como si todo hubiera cobrado vida —continuó la carta—; todo encajó y por fin tuvo sentido. Quién diría que aquel hombre alto, eléctrico y dramáticamente atractivo se convertiría en mi pareja, mi mayor inspiración para mis cartas y poemas.

Leía y releía esas líneas cuando recién me entregó la carta; causaba en mí estremecimientos con su profunda admiración y me hacía sentir que nadie me querría como ella.

Recordé cómo me atormentaba el hecho de no estar listo para ser su pareja, causándome vuelcos en el estómago, creyendo que volvería el viejo sentimiento de querer estar soltero y salir con más mujeres. El mismo que me asaltó en diferentes ocasiones, pero también recuerdo que estaba dispuesto a que no volviera a ocurrir.

Para mí también tuvo un sentido diferente la vida después de conocerla y me entregué a los más dulces placeres que podría haber experimentado; abandonando por completo la idea de algo pasajero y abriendo paso a la transparencia de convertirme en suyo. Absolutamente suyo.

Agradecido por su maravilloso arte, tan benevolente y lleno de cariño, pude respirar un poco y permitirme disfrutar de lo que restaba del poema, en el cual no había alusión a nuestro descenso.

Finalizó con un cálido susurro:

Te veo en las nubes arreboladas,

en las canciones que escucho

y en los sueños que nunca cuento.

.

Con todo mi amor.

—¡Dios, no recordaba eso! —Me hizo sentir tanto que solté una risa nasal por la alegría. Me gustaba imaginar lo que soñaba y lo que fantaseaba conmigo; me intrigaba saberlo, pero disfrutaba mucho más ser cómplice de su secreto.

Esa noche, mientras me encontraba en el suelo; mientras que los párpados comenzaban a bloquear mi vista, señalando la finalización del día; mientras los gatos continuaban con sus movimientos elegantes junto a mí, irguiendo la cola y esperando una caricia, deseaba que continuara hablando. Deseaba que dijera más, sabiendo que esa era la última parte de la carta; quería seguir rebuscando en ella como si fuera un libro.

Apretaba los dientes y sumergía mis ideas en la punta de mi frente que chocaba con el suelo, anhelando que sus pensamientos volvieran a materializarse de esa forma tan hermosa; con sus poemas; con sus sencillos versos, tan llenos de verdad.

Fue así como concilié el sueño esa noche. Mis ojos se perdían en la oscuridad de la habitación y la poca luz que entraba por los cuatro cristales de mi ventana iluminaba el desfile de mis gatos; caminaban alrededor de mi cuerpo con sus impacientes ronroneos que invocaban mi salvación.

IV. LOS TRAZOS

Me dormí olvidando por completo que su fantasma seguía al acecho.

Algunas formas para recordarla se encontraban guardadas en una caja que estaba a unos cuantos metros de mí. Fotos, la carta, y aquel dibujo enrollado; recuerdos que, mientras yo dormía, despertaban. Aquello que era hermoso tomó una forma grotesca.

La tapa de la caja comenzó a ser empujada desde adentro. Fue un golpe tras otro, hasta que la cobertura cayó hacia la derecha, rebotando en las paredes de madera del mueble donde se encontraba guardada. No había tirado todo eso porque hacerlo era renunciar a la posibilidad de volvernos a encontrar.

Algo se extendió desde adentro hasta tocar los bordes de la caja. Lo hizo con las puntas de sus extremidades; parecían ramas, pero eran planas y oscuras, hechas de grafito y sombra. Colocó cinco de ellas —como si fueran dedos— en el borde e intentó salir. Se empujó hacia adelante hasta que por fin logró escapar: era el dibujo mismo que se desdoblaba y cobraba volumen. Cayó con un golpe sordo eso que en la penumbra parecía una bola de garabatos, y se arrastró por el suelo, dejando un rastro de polvo de lápiz a su paso.

La bola de trazos negros se acercaba más a mí, hasta que por fin llegó a mi brazo; subió por él y se arrastró nuevamente hasta llegar a mi cabeza. De su interior salieron más líneas, como si las vomitara. Las colocó alrededor de mi cuello, otras se colocaron sobre mi cara y mis cabellos, y se enredaron ahí.

Cuando estuvo lista, jaló hacia atrás, succionándome hacia su propio mundo de papel, despertándome de inmediato: ahora estaba rodeado por un montón de trazos que se elevaban en troncos gigantescos, y en cuyas copas se apreciaba la luz del día.

Sí, ya estaba soñando. Me había arrastrado dentro de su dibujo.

Me veía tan pequeño en aquel bosque rodeado de neblina… Tal vez sería mediodía, pues la luz borrosa no amenazaba con retirarse. Estaba desconcertado, admirando los paisajes que se formaban a mi alrededor, cuando los pinos y los árboles comenzaron a sonreírme. Supuse que ella había creado ese lugar para mí, pues me conocía bien; conocía mi gusto por la naturaleza, era tan evidente cuando mis ojos me delataban en los caminos verdes que atravesábamos.

De hecho, incluso en las plazas de mi localidad, me reconfortaba el olor de la tierra mojada; podía pasar día tras día por esos mismos lugares con tal de saludarlos con la mirada. Si yo hablara de sus colores cuando florecían por la lluvia, se me haría agua la boca de la emoción.

Deseaba encontrarla en aquellos paisajes que me había dibujado. Quería que saliera detrás de uno de esos troncos gigantes; o que, al adentrarme al bosque, la encontrara tomando calor frente a una fogata, a un lado del río de grafito. Llevaría un vestido blanco, su cabello suelto haciendo juego con la tela, y estaría descalza, demostrando lo salvaje de nuestra existencia.

Recuerdo que cuando me regaló ese dibujo, llegué a casa e imaginé el esfuerzo que hizo al crearlo. La imaginaba clavando su mano firme sobre el papel mientras las minas de los colores comenzaban a escurrir por todo lo que antes era blanco. Seguramente habría trabajado en el pequeño escritorio que me comentó que tenía, en esa habitación a la que nunca entré. Una lámpara de noche estaría al borde del escritorio y su hermana yacería tumbada en su lecho, al lado de donde ella trabajaba.

Mi novia de entonces, o la mujer que yo conocía, se asemejaba a un escritor compulsivo que no apartaba la mano de esa obra llena de garabatos y trazos que aún no tenían sentido, desvelándose por amor hasta terminar. Cuando acabó, seguramente la satisfacción fue enorme; tal vez soltó un grito de felicidad y enseguida lo ahogó llevándose ambas manos a la boca para no despertar a su hermana. Su mayor rival.

Pero al final, los trazos tenían un límite.

Llegué a un punto donde los árboles no se encontraban completos, solo esbozados con algunas líneas de tiza. Su fantasma no apareció por aquel lugar, y el mundo comenzó a consumirse cuando pensé en él. Aquellos dibujos se derretían como cera, dejando ver el lienzo blanco nuevamente. Yo corría para salvarme, pero fue imposible: el suelo de papel se volvió resbaladizo. Caí bocabajo, pegándome en la barbilla, y mis dientes castañetearon con fuerza.

Me aferraba a los trazos borrosos para no ser tragado por el desagüe de tinta que se estaba llevando todo, pero fue inútil; sentí que me faltaba el aire cuando me apretó aquel diminuto círculo oscuro.

Desperté exaltado y desorientado, llevé una mano al pecho y respiré profundamente, mientras con la otra me apoyaba en el suelo.

V. ESCRITOR, OH, ESCRITOR

La bebida en mi escritorio comenzaba a calentarse.

—Nuestro amor se fue disolviendo como los trazos por ese desagüe —dije en voz alta, dando un sorbo y terminándola.

Me detuve a pensar un momento y empecé a conectar los escenarios en los que nos veíamos felices, comparándolos con las discordancias que ocurrieron al final. Me quedé pensando, agitando la botella vacía frente a la pantalla del juego.

Reí con aires de madurez al recordar cómo, en mi desesperación de aquella noche, busqué un culpable. Trataba de responsabilizar a alguien de mis desgracias; juraba que ese algo o ese alguien era lo que faltó por encajar la vez que pensaba en la carta. Era el ser que rimaba con irrevocable e inamovible, solo que en ese entonces no recordaba con certeza la palabra que le había dado. No era por su nombre, sino por su habilidad para arruinar mi vida.

Mi mente viajó de nuevo a esa noche.

Recordé cómo me encontraba en el suelo tras despertar de la pesadilla de los árboles, aún tratando de regular mi respiración. Deseaba levantarme, enjuagarme la cara y dejar todo eso atrás, pero no era tan fácil como lo pensaba. Entre más pensaba, más sueño me daba, hasta que mis ojos se cerraron de nuevo, vencidos por el dolor.

Inexorable —susurró una voz ronca dentro de ese nuevo sueño.

—La palabra que buscas es inexorable —volvió a hablar—. No eras capaz de aceptar tus malos hábitos; no eres capaz de cambiar ser quien eres. No fuiste capaz de dar lo poco que te pedía tu pareja y vienes a echarme la culpa a mí.

Rio con su voz grave y lenta, causando estruendos y ecos desde lo alto, haciendo vibrar el viento.

—Oh, no tienes idea de lo que puedo hacer. Si crees que esto es malvado, te puedo demostrar todo lo que concede mi poder.

No podía verlo. Era como si en mis sueños estuviera condenado a la misma posición que en mi habitación: arrodillado y haciéndole reverencia. No podía abrir los ojos para voltear a verlo, pero veía la inmensa luz de aquel lugar a través de mis párpados. Sentía el roce de las nubes en mis frías manos y afirmé que aquel era el ser desconocido y divino que había debilitado mi paciencia para con mi expareja. Con su omnipresencia nos había manipulado, uno a uno, como si fuéramos títeres.

—No te das cuenta de que puedo hacer que la pienses cuando yo quiera —continuó la voz—. Puedo obligarte a buscarla incluso aunque ella ya no quiera verte. Ella está saliendo con más personas; ella misma te lo dijo. ¡Ja ja ja!

Las lágrimas comenzaron a escurrir de nuevo por mis mejillas. En mi cabeza lo maldecía, porque tampoco podía hablar.

—Crees que estás a salvo en tu mente, pero no es así. Yo no uso hilos para obligarlos a ejecutar sus acciones. Creo arte con mis manos, como ella, solo que lo mío no son trazos ni bocetos. Es más profundo. Mis ladrillos son letras, mi cemento es la tinta, y doy vida a héroes, villanos y amantes.

—¡Escritor! —grité, después de que mi boca se liberara para poder hablar—. Eres tú quien nos juntaste y luego nos separaste; mira lo que nos has hecho. ¿Acaso disfrutas de vernos llorar? ¿Por qué eres tan cruel y me impides volver a verla?

—¿Yo? ¡Ja! No eres tan fuerte como crees. No das el amor que crees dar, y no eres capaz de ser paciente con quienes amas.

—¡Por qué no me diste tiempo! —le reclamé—. ¡Tú me manipulaste y te sigues burlando de mí!

»Te ordeno que dejes de lado tu estúpida novela, tus cuentos tontos. Quiero que te detengas y evites que mi sufrimiento se alargue. Si no vas a quitar la distancia que hay entre ambos, déjanos olvidarnos. Guarda el arma, ya sea la pluma o la máquina de escribir, y evita que mi torpeza la siga lastimando. No permitas que derrame más lágrimas, por favor —supliqué, mientras mi garganta se inundaba nuevamente—. Rompe tus borradores y no vuelvas a escribir más de esta historia.

¿O qué? —susurró con una voz fantasmal, y desapareció.

INTERLUDIO

Tuve sentimientos encontrados al recordar todas esas cosas. Me levanté de la silla para tomar un poco de aire y me encaminé hacia la cocina para buscar otra bebida. Miré hacia el cesto de basura mientras abría la puerta del refrigerador y vi una envoltura con el nombre del restaurante al que fui con ella y que se volvió especial.

«Hace tanto que no pensaba en eso», me dije, aún sosteniendo la puerta abierta. «En esa cita fue cuando me dijo “te amo” por primera vez. Recuerdo que me miró con una expresión seria después de que se le escaparan esas dos palabras junto con el aliento. Yo la aparté un poco, incrédulo, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Los sonidos y las luces del lugar se acallaron, mientras la melodía de su voz rebotaba en mi cabeza, ruborizándome y provocando que cubriera el rostro por la pena».

Destapé otra botella y me acerqué a la ventana de la cocina. Observé cómo pasaban algunas personas por la calle, cubiertas hasta la nariz con bufandas y chamarras. La luz de las luminarias descubría las pequeñas gotas de agua que caían, mojando el pavimento.

Un auto se estacionó momentáneamente frente a mi barandal y tensé. Sus luces traseras brillaban en rojo y los escapes despedían el humo espeso de la combustión en el aire frío. No tardó mucho en arrancar; yo sostuve la cortina de la ventana y lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre las cuadras.

Fui de nuevo hacia la computadora y revisé la hora.

11:08 p.m.

Me quedé muy pensativo y decidí poner música para relajarme. Reproduje una lista en aleatorio y me recargué por completo en la silla. Miraba hacia el techo, girando de un lado a otro, mientras trataba de no pensar más.

Pero fue como si el reproductor supiera exactamente lo que intentaba evadir, y comenzó a sonar una canción de ABBA. La misma que sonaba una y otra vez cuando veía sus historias de Instagram, incansablemente.

Me enfoqué tanto en la canción que la mente me traicionó y me sumergió de nuevo en mis recuerdos; me arrastró nuevamente a esa noche en donde no sabía si sobreviviría por no verla.

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