Cae el Telón – Parte 2

VI. TU VIL ROMEO

Después de haber estado por varias horas en una mala posición en el suelo, me levanté y me senté en el filo de la cama, viendo un zapato, con los ojos llorosos.

Comencé a pensar que no era yo el que había estado mal. Me engañaba diciendo que ella no me había dado la comprensión que necesitaba; que el último domingo que hablamos no pudo comprender mis palabras, a pesar de demostrarle con lágrimas mi sufrimiento.

Sentí coraje y mis emociones fueron cambiando. Mi corazón se encendió con llamaradas y mi cerebro, nuevamente, se encaminó, iluminándose desde sus íntimos escondites con una luz naranja.

Los músculos de mi cuello se tensaron y las venas se me notaban sin hacer esfuerzo; así mismo, mis dientes comenzaron a friccionarse entre ellos, causando rechinados.

Me encontraba lastimado por el vil destierro de mi alma de su ciudad llena de sonrisas, y no encontraba una mejor manera de demostrarlo. Ya había llorado lo suficiente y el fuego dentro de mi cuerpo no se apagaba; estaba quemando lo poco que quedaba. Era un dolor insoportable, una herida a la que no le podía aplicar presión.

Me debatía entre culparla a ella o a las presiones externas que posiblemente impulsaron nuestro declive. Todo me parecía una locura cuando lo analizaba de nuevo, pero no lo era tanto si recordaba el amor que me tenía. Cuando creí que nunca me habría abandonado, comenzaba a llorar otra vez. Pero luego caía en cuenta de que esos factores —como la competitividad que tenía con su hermana, o la presión que recibía por parte de sus papás— no podían suplantarla y tomar las decisiones que ella tomó.

Pero otro tipo de fuerzas —la energía de mi ser, el deseo ferviente de tenerla, que renacía cada vez que la recordaba; y la necesidad casi doliente de escucharla— me impulsaban a buscarla. Y me sentía doblemente desgraciado al recordar lo que dijo que ya estaba conociendo otras personas. Apenas se tomaba la molestia de leerme cuando le escribía, importándole poco que, entre oraciones, suplicara su regreso.

Mi subconsciente lo dejó más claro y la apuntó como una enemiga; ya no era al Escritor a quien confrontara con tanto odio, ahora era a ella. La maldecía y, de no ser por mi falta de fuerzas, habría tirado todo lo que tenía al frente. Habría tirado mis libros de los estantes, dejando Frankenstein entreabierto a lado de mis zapatos; dejando IT boca abajo y con el separador saliéndose de entre las páginas. Habría sido un desperdicio tirar Cementerio de Animales, seguramente habría llorado al verlo en el suelo.

Me imaginaba tirando los perfumes, los productos de cuidado personal, las corbatas, los cinturones, todo, al suelo. Asimismo, el arte que hicimos, los cuadros, los paisajes, los escritos, quería atravesarlos con una línea y dejarlos ilegibles. Lo que me hacía feliz en otro momento, ya no lo quería.

Me entraban ganas de llorar, pero mi entrecejo se volvía a fruncir al recordar que ella no entendió lo que atormentaba a mi alma; cuando me sentía un monstruo; cuando quería llevarme las manos a la cara por la vergüenza.

De existir realmente un escritor que arruinara mi vida, lo estaba haciendo con suma precisión. Su pluma debía estar cargada de tinta y sus manuscritos llenos de garabatos. Me tenía sujetándome la cabeza por la desesperación, mientras el cabello se levantaba por encima de mis dedos.

«¿Qué habría pasado si me hubiera dicho “pronto volveré”?», pensé.

—Seguramente mi vida no se habría vuelto tan amarga —dije entonces, respondiendo con rabia—; no habría perdido el rumbo de la vida cada semana y habría aprovechado los fines para salir con mis amigos. Probablemente no me atormentarían los recuerdos al acercarme a su colonia, ni al pasar por su iglesia. Tal vez no habría tenido que decirle a mi mamá, con un dolor en el pecho, que me sentía con mucha falta de cariño; que era un cariño que no encontraba ni en mis amigos ni en mi familia.

»Si ella hubiera dicho esa frase, yo la seguiría esperando y no habría tenido que darle explicaciones a la gente; no se habrían enterado de lo sucedido, pero era tan evidente porque ya no subía fotos con ella. Tampoco habría tenido que guardar algunos de mis recuerdos en una caja para no recordarla, ni mucho menos habría tenido que cambiar la forma de describirla en mis escritos.

Me quitaba del rostro las lágrimas que empezaban a escurrir.

—Al día siguiente de despedirnos —repliqué nuevamente— no habría tomado tareas al azar para evitar los pensamientos que no me dejaban en paz. ¡Si supiera todas las actividades en las que me involucré para no pensarla!

Si hubiera ido tras de ella esa noche, mientras la lluvia nos mojaba, tal vez hubiera resuelto cualquier duda que tuviera con un beso.

«Piénsalo —me dije—, ella también estaría más tranquila y no le dolería la cabeza de tanto llorar. Habría visto lo fácil que es arreglar lo que tiene arreglo y sus lágrimas irían en retroceso».

VII. MI ALMA GEMELA

Una vez que mi pecho dejó de sollozar y temblar de coraje, mi quijada detuvo su aprensivo movimiento y pude relajarme respirando profundamente. Tuve mis dudas si realmente era yo quien pensaba todo eso o era mi viejo amigo el Escritor. No tenía sentido ceder al enojo para sobrellevar la falta que me hacía.

Por otro lado, repasé los lugares y las cosas que me hacían sentir bien, tratando de tranquilizarme. Detrás de aquellos pasajes y recuerdos se atravesó un rostro familiar que calentó mi corazón, dando alivio instantáneo al incendio que habitaba en mí.

Mis lágrimas aún corrían por las mejillas y goteaban en el suelo cuando la familiaridad de sus facciones me inspiró a imaginar que ella me tendría piedad, que sus ojos cafés no me juzgarían y que aún tendría un poco de cariño para mí, a pesar de los meses transcurridos. Deseaba disculparme por irme en silencio de su vida, esperando que entendiera que mi aflicción no me permitió seguir entablando conversaciones con su familia. Cada uno de sus rostros me recordaban lo que había perdido; más allá de una pareja. Un hogar.

Deseaba, desde mis entrañas, que no hubiera interpretado mi silencio como un coraje injustificado hacia ella y, a la vez, anhelaba contarle la historia de cómo me despedí de su princesa bajo la luna llena. Pero no sabía qué esperar de eso realmente. Me esforzaría por relatarle la historia, que seguramente conocía al derecho y al revés, pero ¿y luego?, después de eso ¿qué?

Me preguntaba qué pasaría si le explicaba cómo fue la última vez que vi a quien ya no puedo siquiera pronunciar su nombre, cuando observé cómo chapoteaban sus pasos entre los charcos de las calles. Me pregunté si realmente anhelaba enterarla de cómo mis lágrimas se derramaron por el suelo después de ver a su hija partir; después de ver cómo su silueta se perdía entre las sombras y las farolas.

No sabía si era correcto explicarle con tal precisión, pues era evidente que aún deseaba seguir siendo parte de las cenas familiares.

Me levanté a encender la luz y luego volví a la cama y me recosté sobre la almohada, pensaba en todo lo que le diría si un día me la encontraba de casualidad.

«¿Realmente importa explicarle mis torpes conductas y mi mal proceder? —pensaba, mirando el techo—. No soy una persona tan sensible al hablar, ¿cómo podría explicarle correctamente lo que siento? No soy bueno para hablar, ni para ejecutar acciones; en lo único que soy bueno es en transcribir mis emociones al papel. Desearía que mi voz tuviera el mismo efecto que el de los demás al demostrar afecto; quisiera tener sus timbres de voz, si es que eso ayuda».

Imaginé muchos escenarios en donde me acercaba a ella y ella salía corriendo como si yo fuera un monstruo; me veía con repudio, pues mi gracia y mi suerte ya se habían terminado. Ni por casualidad sería recibido con una sonrisa, dándome a entender que todo estaba mal. Tal vez ya no era digno de aquellas sonrisas en las comidas pasadas las ocho de la noche.

Si yo mismo me hubiera visto en el espejo, ya no habría encontrado al fantasma de mi ex que me atormentaba, sino al monstruo que era capaz de romper cualquier cosa que tuviera en sus garras; el que, con sus cejas contraídas, marcaba terribles expresiones de odio; aquel que ya no tenía emociones, solo una cara, no una máscara, sino, solo una expresión de poca empatía y felicidad.

Ese monstruo era parecido al que mi ex-pareja le temía cuando era niña: el que se agazapaba en su armario, detrás de los pantalones, después de apagar las luces. Al que trataba de mantener a raya, detrás de las puertas corredizas, con la mirada. Sabía que, si la apartaba, cuando girara su cabeza unos ojos brillarían en la oscuridad y entonces saltaría sobre ella, devorándola y arrancándole las extremidades con los colmillos, afilados como navajas.

Quería creer que su mamá y yo éramos almas gemelas por la facilidad de entendernos, porque ambos amábamos a la misma persona, porque en ella encontré el refugio de familia que me hacía falta.

Pero me equivoqué.

Ella era quien ahuyentaba a los monstruos encendiendo la luz del armario, dándole un beso de buenas noches para que cerrara los ojos y soñara tranquilamente. Y yo fui quien deshizo su idea romántica del amor. Fui a quien le pesaron los ojos por la rutina, por el trabajo, por las responsabilidades, por todas esas comodidades que no tenía, y terminé por arrastrarla a ella también hacia el cansancio.

VIII. FUGUÉMONOS

«Ese monstruo ya va quedando atrás», pensé.

Habían pasado ya tres o cuatro meses desde la ruptura. Se suponía que lo peor ya había sucedido y que la distancia me estaba curando.

Sin embargo, aún seguía mirando el techo, mordiéndome el labio y tratando de encontrar una solución a ese desastre. A pesar del tiempo, estaba seguro de que encontraría la forma de hacer que volviera a mis brazos.

Caí en la cuenta de que mis hábitos, así como los procedimientos y las metodologías de mi vida diaria, habían cambiado. «Tal vez con esto pueda convencerla».

Tuve una idea y me levanté a buscar las fotografías que tenía en la caja plateada; esa misma caja de donde habían salido los trazos que me arrastraron a su mundo. Las pasé una tras otra hasta detenerme en la última, donde salíamos en su casa.

«Esa vez habíamos comprado dos bebidas —recordé, guardando una expresión seria mientras la imagen cobraba vida en mi mente—, y como no la dejaban tomar, las escondimos en el árbol del vecino. Sus papás no tardaban en llegar, por lo que los esperamos en el porche. Cuando llegaron y nos saludaron, escuchamos cómo las botellas de vidrio se quebraban. El vecino las había tirado a la basura».

Sonreí como un tonto, aun mirando la fotografía. Entonces, tuve otra idea.

«Esa vez también le dije que nos fugáramos para estar más tiempo juntos; ya no queríamos andar a las prisas con los horarios de sus papás».

—¡Claro, fuguémonos! —exclamé en voz alta, entusiasmado—. Pero ¿de qué forma llegaría? ¿Así nada más? Podría pedirles un favor a sus amigas; tal vez no sea del todo oportuno molestarlas, pero espero entiendan que son tiempos difíciles.

Pensé que sus amigas podrían ser cómplices de mis acciones si les pedía que la llevaran a un lugar en donde yo apareciera con un ramo de flores para disculparme. Era bastante arriesgado, pero ya no estaba pensando con claridad.

Mi razón cedió ante la locura, alentando la siguiente idea descabellada: ir a buscarla a medianoche.

—No estamos lejos, de cualquier modo; ahora mismo podría ir. Quisiera que nuestra huida fuera callada, aprovechando el silencio de la noche; que lo único que se escuche sean los grillos y nuestras risas de complicidad.

Me pareció el plan perfecto, así que puse manos a la obra. Levanté la caja y saqué por debajo unas hojas blancas —que tenía reservadas para escribirle cartas— y las esparcí por el suelo, alrededor de mí, colocándome de cuclillas.

El ruido del papel se escuchó como latigazos y despertó a mis gatos, que despegaron los párpados suavemente, extrañados por mi imprevista energía.

Escribí en una hoja los sitios a los que podríamos ir, enlistándolos de mejor a peor; fácilmente anoté cinco municipios y dos estados. En otra, escribí los objetos básicos que debía llevar:

 Cepillo de dientes (el azul)
 Tres cambios de ropa (incluyendo la camisa que le gustaba)
 Cartera (con la INE y las tarjetas de crédito)
 Cargador
 Mi libreta de notas
 El perfume que le gustaba
 Documentos importantes (están en el último cajón del buró)

En la hoja que tenía a mi espalda anoté los ingresos mensuales que percibía, y los separé con una línea a la mitad para calcular los gastos que tendríamos. Según mis cuentas, podíamos costearnos una renta de ocho mil pesos mensuales. Pensé que tendríamos que vivir apretados los primeros meses, pero después podría conseguir un mejor trabajo, o estar en dos a la vez. O emprender mi negocio. O hacer posible su sueño de ser estilista de modas.

No contemplé los gastos de su universidad, ni sus necesidades más allá de las básicas, porque me sería imposible pagarlos. Fue ahí cuando razoné un poco y pensé que era una estupidez. Pero no me importó; creí que, al seguir trazando el plan, encontraría una forma de hacerlo posible. Siempre la encontraba.

Cuando mis piernas se cansaron de estar en cuclillas, me tiré hacia atrás, apoyándome con las manos. Me detuve a descansar y en mi cabeza comenzó a proyectarse la película de cómo sería recuperarla.

Me vi consultándolo con mi mamá, y a ella diciéndome que me apoyaba y que siempre lo haría si realmente era lo que quería. Me vi aventando una piedra a su ventana a la mitad de la noche; la vi asomándose asustada, con una revoltura de emociones. Con un pijama rosa saldría por la puerta trasera, evitando que nos descubrieran como solo ella sabía hacerlo. Se sabía todos esos trucos. Me vi tomándola de nuevo entre mis brazos, colocando mi barbilla en su coronilla, permitiéndome oler el rico aroma de sus cabellos.

¡En qué estaba pensando!

Cuando sus padres se levantaran y vieran que bajo las sábanas solo había un montón de almohadas, nos buscarían con antorchas como en los viejos tiempos. Irrumpirían en el lugar en donde nos estuviéramos quedando como una multitud furiosa entrando a un castillo; subirían las escaleras de caracol, apoyándose en los grises ladrillos, y tratarían de detener el experimento maldito que estuviera a punto de revivir nuestra relación.

Regresé la vista a la hoja donde había escrito los sitios a los que podíamos ir y los repasé con cautela. Mis ojos, llenos de venas rojas, trataban de concentrarse en un lugar accesible para ir y venir del trabajo, y que ella no tuviera problemas con sus clases. También me pregunté a dónde más podríamos viajar en caso de ser descubiertos, pero no se me ocurría nada. Quise revisar en los mapas del celular, pero estaba sin batería.

Esas ideas estaban destinadas al fracaso.

El problema no era que nos descubrieran, como unos huerquillos haciendo travesuras. El problema era que ella empezaba a salir con otras personas.

Pensar eso nuevamente hizo que el estómago se me revolviera. Me arqueé, tosiendo con náuseas violentas, y las lágrimas volvieron a subir a mis ojos.

IX. LA BODA

Recogí las hojas del suelo, apretándolas y arrugándolas, y volví a apagar las luces.

Siguiendo con mis ideas, recordé que dentro de unas semanas se casaba un amigo y creí que sería buena idea buscarla y pedirle que me acompañara por última vez; estaba seguro de que sería una noche inolvidable.

Me dejé caer en la cama, rebotando boca arriba, y fantaseé con ese pensamiento. Me pregunté qué pasaría si ella no asistía. ¿Cómo le explicaría a mis amigos y conocidos que mi relación perfecta no lo era? ¿Cómo les explicaría que un malentendido nos destrozó a la primera? ¿Qué haría con la vergüenza que me acompañaría mientras platicara todo eso en la cena, sentado frente a sus caras de desconcierto, mientras los meseros pasaban a nuestros costados?

«¿No quería que me tuvieran lástima? ¿O solo me avergonzaba no poder mantener una relación como todos los presentes?»

Me moví hacia la derecha, colocando mi brazo debajo de la almohada, y mis gatos se acostaron sobre mis pies. La curvatura de mi mejilla comenzó a humedecerse hasta que parecía un río, y luego una cascada.

Mientras me dolía el corazón y me removía en la cama, el subconsciente comenzó a ceder a la somnolencia y, por fin, al sueño. Seguidamente, la serie de imágenes que se produjeron después fueron la tierna y viva recreación de lo que fue nuestra relación en su mejor momento.

Quiero pensar que ella también tenía presentes nuestros recuerdos al irse a dormir; que, a su almohada llena de lágrimas, le recitaba en voz baja mi nombre y recordaba cómo me había despedido de su vida, quedándose con las ganas de seguirme amando.

En el sueño, salíamos, uno detrás del otro, de su casa. Las faldas de su vestido verde esmeralda se levantaban por momentos, dejando ver sus tacones plateados. El cabello le caía por la espalda como una cascada en la oscuridad, llegándole poco más abajo del escote del vestido.

Dada la simetría de su cara, su nariz perfilada aparentaba una resbaladilla, y sus labios, gruesos y acolchonados, incitaban a ser besados. Cualquiera que tuviera la dicha de mirarla de cerca quedaría encantado con sus movimientos; los besos de aquellos labios no dejarían morir el fuego interior de quien los probara, fácilmente podrían revivir a un moribundo.

Subiendo un poco más por su perfil, se encontraban las orejas, descubiertas y adornadas por el oro blanco de sus pendientes. Brillaban como los faros de un automóvil.

Se detuvo frente al portón. Fue entonces cuando me emparejé a su lado y exclamé:

—¿Se te olvida algo?

—¡Sí, amor! —respondió, tomándome del brazo y mirándome con una expresión de preocupación. Sus ojos amorosos me miraban hacia arriba—. ¡El labial!

Qué pecado habría sido andar sin colores vivos en los labios con ese precioso vestido.

—Tan descuidada siempre, amorsh —dije, burlón—. Aquí está. Lo tomé al verlo abandonado sobre el peinador.

Apenas terminé de hablar y me plantó un beso en los labios.

—¿A qué hora me la vas a traer? —exclamó la señora, asomando la cabeza por el marco de la puerta.

—Antes de la medianoche, señora; pero, si me da permiso, pasadas las dos de la madrugada.

Frunció el ceño y se mantuvo inmersa en sus pensamientos por un momento. Su mirada se suavizó, como si pensara: “Mi niña ha crecido, creo que es momento de dejar que se divierta”.

—Está bien, tienes hasta las dos para traerla hasta aquí, eh. Solo tengan cuidado y diviértanse.

Compartimos una sonrisa cómplice y luego nos despedimos de la señora.

Entramos al auto que nos esperaba y mantuvimos la conversación durante todo el viaje. Tuve un déjà vu al soñar esto. Fueron poco más de cuarenta minutos en los que el chofer nos miraba por el retrovisor, encantado, con ternura, disfrutando de escuchar nuestras historias y ver cómo nos tomábamos de las manos. Debió ser incómodo para él cuando se escuchaba el tronido de mis besos en las mejillas de mi pareja, las mismas que recién terminaba de retocarse.

Las palabras sobraban cuando hablábamos de nuestros temas en común; el auto avanzaba mientras la mezcla de nuestras risas salía por las ventanas y se perdía en el ruido de la noche.

—¿Es aquí, señor? —preguntó el chofer, estacionándose frente a un camino de arbustos bien recortados y luces sobre el suelo que marcaban los contornos.

—Justo aquí —respondí, sacando tres billetes de cien de la billetera—. Aquí tiene; quédese con el cambio, amigo. ¡Buena noche!

Cuando nos colocamos al filo del camino iluminado, el letrero nos deslumbró. La marquesina, adornada con bombillas en todas sus esquinas, anunciaba:

Boda de Daniel & Cassandra

Nuevamente nos lanzamos una mirada de complicidad y nos tomamos de la mano. Seguidamente, nos aventuramos por el camino que serpenteaba hasta llegar a la entrada del casino.

—Después de usted —le dije, mientras jalaba una de las grandes puertas de madera hacia afuera—, madame.

—Oh, que vous êtes gentil, monsieur.

—¿Cuándo aprendiste a hablar francés, amor? —repliqué impresionado, con los ojos como platos—. Lo hablas muy bien.

Alzó el mentón con un aire de grandeza, mientras yo hundía la mano libre en la bolsa de mi pantalón y la veía pasar frente a mí, apreciando el broche de su cabello que hacía juego con el color de su vestido. Logré sentir la seda de mis bolsillos mientras admiraba la luz amarilla que se marcaba en su rostro, inspirándome y dándome nuevas ideas para mis escritos.

Me quedé un rato pensando e imaginé que, una vez en la recepción, nos encontraríamos rodeados de personas que desconocíamos. Caminaríamos entre la multitud, tomados de las manos, y no podríamos verle el rostro a ninguno. Siempre estarían de espaldas.

Cuando viera una silueta familiar y me acercara a tocarle el hombro, esta voltearía y me enseñaría un rostro desfigurado. Un rostro al que no se le podría llamar como tal, pues no tendría ojos, ni boca, ni nariz, ni nada fundamental que debe tener una cara. En aquella piel solo habría un montón de garabatos y borrones, como los que se hacen con lápiz de grafito. Y…

—¿En qué estás pensando, amor? —dijo ella, despertándome del trance aterrador.

—Nada importante —respondí, tratando de memorizar la idea para luego escribirla.

Al entrar, me reencontré con mis amigos de preparatoria y les presenté a mi pareja, inflando el pecho como una paloma. Me dio mucha alegría y orgullo presentarla como mi novia; la persona que, después de cinco años de soltería, me quitó el título que ya me parecía muy desgastado. «Soltero, pff; nunca más».

A los recién casados no se les veía por la sala, pues estaban concretando su matrimonio civil en la segunda planta. Algunas personas subían para atestiguar el acto, otros seguían entrando por la puerta principal, y pocos se impacientaban ante la demora.

Cuando por fin estaban por abrir el paso al comedor, nos invitaron a tomarnos una fotografía y escribir un mensaje en el álbum de recuerdos.

—¿Qué le vas a escribir a tu amigo? —me preguntó.

—No tengo idea —dije, mientras mordía el extremo del plumón, vacilando.

Me dio un ligero golpe en el pecho y exclamó:

—¡Cómo no vas a saber qué escribirle, si lo conoces desde hace trece años! Ahora resulta que al escritor se le agotaron las ideas —me retó con la mirada.

—Si se tratase de ti podría escribir un libro entero, solo que es mi amigo y entre hombres casi no nos demostramos este afecto. Supongo que pondré algo como “estoy feliz por tu nueva etapa”, o “¡les deseo lo mejor!”, ¿te parece bien?

Sonrojada y divertida, me pidió que por favor me apresurara porque los invitados comenzaban a acomodarse en las mesas y no quería estar lejos de la pista de baile.

Seguido de eso, el presentador anunció ante el micrófono que los novios estaban próximos a salir y solicitó que nos acercáramos.

—Familiares, amigos y colados —bromeó—, les presento a los recién casados. ¡Un aplauso!

Los novios pisaron la alfombra de terciopelo y comenzaron los fuegos artificiales, cayendo como lágrimas amarillas sobre el escenario.

—¡Que se escuchen más fuerte esos aplausos!

Mientras la pareja paseaba por el escenario, ella los miraba atentamente y yo la veía a ella. Pensaba en cómo sería el día de nuestra propia boda; imaginaba formar una familia, lo felices que haríamos a nuestros padres cuando anunciáramos el primer embarazo, las primeras fotos que tendría nuestro álbum familiar…

Después de que los novios bailaron entre ellos y con sus padres, abrieron la pista para los invitados y comenzó a sonar una canción que escuchaba muy a lo lejos.

Cuando ella me tomó de la mano, estirándome hacia la pista de baile, la silueta de su cuerpo fue lo último que vi; las luces coloridas del escenario se fueron apagando hasta que la imagen del sueño se deshizo como humo y, enseguida, inició otro.

En este nuevo sueño me encontraba afuera de su universidad. Miré hacia abajo y traía un ramo de flores en las manos. Las miré extrañado, pero al escuchar un murmullo de risas levanté la mirada. En la esquina iba dando vuelta un grupo de mujeres, y una de ellas llevaba los ojos tapados por las manos de otra. La llevaban hacia mí, y se me fue el aliento cuando me di cuenta.

Era ella.

Me enderecé y alisté el ramo de flores.

Cuando le destaparon los ojos, ella y yo nos quedamos mirándonos fijamente. Se encontraba desconcertada de que sus amigas estuvieran ahí. Yo no, porque ese era mi plan.

Corrió hacia mí y me estrujó con un abrazo. No paraba de tocar mi espalda como diciendo que me extrañó sin usar palabras. Yo la apretaba contra mi cuerpo, haciendo que su rostro se recargara en mi pecho, mientras peinaba hacia atrás su cabello. Sus cinco amigas se encontraban a pocos metros de distancia, apreciando la escena.

Una ventisca nos atravesó y juré sentir el sabor de su boca, de esos labios gruesos que estaba tan necesitado por probar.

Se acercó a mi oído e imitó nuestro sonido particular:

Nsst, nsst, nsst, nsst.

Sonreí como desde hace tanto no lo hacía.

—Te extrañé —dijo por fin—. Han sido días muy largos desde que ya no estás. Mi hermana también terminó con su novio y siento como si todo hubiera cambiado. ¿Por qué nunca fuiste a verme?

—Dijiste que estabas saliendo con más personas —respondí.

—Con quién habría de salir, si sabes que solo quería estar contigo. No entiendo por qué te comenzaste a comportar tan extraño las últimas veces que nos vimos.

—Discúlpame, no fue mi intención. Estaba…

Traté de explicarle con desesperación y sinceridad lo que por aquel entonces me pasaba, pero me colocó el índice en los labios, silenciándome.

—Ya no importa —dijo, y su tono cambió de repente—. Ya casi vienen por mí y no sabría qué explicar si me ven contigo. Cuídate mucho.

Se despidió, alejándose, mientras yo aún sentía el aroma de su boca en la mía, desapareciendo con el viento.

X. UN DÍA A LA VEZ

Cuando amaneció y el sol comenzó a calentar mi habitación, abrí los ojos; me ardían al rojo vivo. Abrazaba mi almohada y tenía una extraña mezcla en el pecho: sentía que me faltaba algo, pero, al mismo tiempo, sentía alivio.

Me levanté y miré la hora en el reloj de pulsera. Tuve que arrastrarme hacia la ducha para quitarme la cara que traía, mientras mis gatos dormían otro tanto, desvelados por mi culpa.

Tomé las toallas y me encerré en el baño. Agarré un jabón nuevo y abrí la llave del agua caliente. Después de desnudarme y entrar bajo el chorro de agua, me pregunté si era verdaderamente necesario ir a trabajar ese día.

«Debo aventurarme de nuevo a ese mundo donde habrá tantas siluetas parecidas a la de ella —pensé—. En donde en cada esquina creeré verla. Pero no me siento listo».

El sol que calentaba era perfecto, podía verlo a través de la ventanilla del baño, y recordé esos días en los que caminaba por las praderas de su privada, escuchando canciones que me inspiraban a sentirme enamorado, a punto de llegar a su casa para que me recibiera con besos. Fue por entonces cuando comencé a escribir un relato llamado “Un día a la vez” —solo que tenía un desarrollo diferente y ni siquiera se llamaba así al principio—. El concepto era el mismo: yo, entrando en la colonia, tarareando mis canciones, feliz por ir a buscarla, entrando por el portón del lado norte.

Contrario a lo que terminé escribiendo: una soledad que me embargaba y me hacía preguntarme por qué a mí me pasaba esto, entrando por el lado sur.

Aquel escrito con concepto de amor, inspirado en los domingos soleados donde pasaba al lado de la plaza principal de su colonia, terminó dando paso a un relato de tristeza y nostalgia sobre dos amantes que se despidieron, precisamente, en esa plaza.

Me recargué en la pared mientras el agua seguía cayendo y exhalé al pensar que, tal vez, al regresar ese día a mi casa, vería de nuevo su auto aparcado frente a mi barandal. Que, al doblar en mi calle, su fantasma me estaría esperando. Que la misma obra se repetiría con el mismo dolor. Se me detuvo el corazón al imaginar que estaría así toda la vida y que, posiblemente, no encontraría a quien me amara porque no lo merecía.

—Sé que pronto dejaré de ser este hombre —exclamé en voz baja, mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua de la regadera.

Ya no quería seguir siendo el que corría de un lado a otro; el que buscaba validación; el que no podía tener algo porque, apenas lo obtenía, quería más. Necesitaba ayuda.

Mi mamá se acercó a tocar la puerta del baño para preguntarme qué deseaba para desayunar, y eso me animó un poco. Pensé que esta vez podría encontrar el amor en mi familia.

Terminé mi ducha y cerré las llaves. Fui al espejo del lavabo y comencé a afeitarme la barba. Mis labios aún apuntaban hacia abajo, atrapados en una mueca de tristeza, pero con cada pasada del rastrillo descubría al hombre que quería ser. Al que siempre se veía aseado. Fuerte.

Pensé en qué habría pasado si hubiera terminado aquel escrito a tiempo. Tal vez habría cambiado algo de lo que pasó al final. Tal vez habría evitado ese desenlace.

—En éxitos del 2000, hoy les traemos Un Beso de Desayuno de Calle 13 —anunció el presentador del canal de música que se escuchaba de fondo en la televisión de la sala.

Eso me elevó más el ánimo; mientras movía la cabeza al ritmo de la canción, limpiaba el rastrillo de los restos de jabón. Fui a mi cuarto y enchufé el celular, que se había quedado sin batería. Me puse unos jeans, una camisa azul marino y la cadena del Cristo; luego me eché loción alrededor del cuello y en la ropa.

Noté que ya no tenía el perfume que a ella le gustaba. Todo lo que tenía que ver con ella se iba acabando y no sabía cómo sentirme ante eso.

Me coloqué el reloj en la muñeca izquierda y fui al comedor para desayunar. Mi madre ni se percataba de la mala noche que había pasado, y eso me parecía lo mejor; probablemente la habría preocupado demasiado si me hubiera escuchado llorar en el suelo.

Me cepillé los dientes y recogí lo necesario para sobrellevar el día. Al salir a la calle, recibí un mensaje de mi mejor amigo preguntándome qué haríamos en la noche. Eso me hizo darme cuenta de que tal vez también podría encontrar el amor que necesitaba en mis amigos.

Cuando caminé hacia la parada del camión, la luz de la mañana lo bañaba todo. Era un hermoso día, todo era colorido, y pensé que también sería posible encontrar el amor en la simple cotidianidad de mi vida.

La vibración del control blanco sobre mi escritorio me trajo de vuelta a la realidad.

Parpadeé, enfocando la vista en la pantalla del monitor. El silencio de la casa de pronto se hizo evidente. El partido de FIFA que había dejado pausado seguía ahí, esperando. La escarcha de la botella de Skyy ya se había derretido por completo, dejando marcas de agua.

Había dejado de recordar.

Solté un suspiro largo, cerré el juego y, antes de apagar la computadora y que sus luces y ventiladores finalmente se detuvieran, sonreí al darme cuenta de cómo me sentía en ese entonces, comparado con la paz que sentía ahora. Qué rápido había pasado el tiempo.

Y, sobre todo, comprobé que tenía razón: no me morí de amor.

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